Un estudio realizado con cerca de 2.000 personas analizó cómo evolucionan el interés y la participación musical desde la infancia hasta la adultez, y qué papel juegan los factores genéticos y el entorno en ese proceso. La investigación revela que el vínculo con la música no es estático, sino que se transforma con el paso de los años y responde a múltiples influencias.
El trabajo se basó en datos de 1.878 participantes del Estudio de Adopción y Gemelos de Colorado sobre el desarrollo conductual y el envejecimiento cognitivo a lo largo de la vida (CATSLife). Los investigadores evaluaron el interés y las habilidades musicales de los participantes en cuatro momentos clave de la infancia y la adolescencia —a los 7, 10, 12 y 16 años—, así como la toma de clases de música. En la adultez, con una edad promedio de 33 años, se midió la frecuencia con la que los individuos tocaban instrumentos y escuchaban música.
Los resultados muestran que la participación musical presenta una estabilidad moderada durante la niñez y la adolescencia, con correlaciones que oscilan entre 0,20 y 0,49. Esto indica que, si bien existe cierta continuidad en el interés por la música, también se producen cambios significativos a lo largo del desarrollo.
El estudio señala que las influencias genéticas adquieren mayor relevancia a medida que las personas crecen. En la infancia y la adolescencia, la proporción de la participación musical explicada por factores hereditarios aumenta progresivamente, especialmente en los varones. En contraste, en las mujeres, los factores ambientales compartidos —como el hogar, la escuela y el entorno social— desempeñan un papel más destacado en la estabilidad del compromiso musical.
Al analizar la transición hacia la adultez, los investigadores observaron que la participación musical temprana se relaciona de forma moderada con la práctica activa de tocar instrumentos en la vida adulta, pero no con la frecuencia de escuchar música. Esto sugiere que el interés musical en edades tempranas no determina necesariamente el hábito de escuchar música más adelante, aunque sí influye en la probabilidad de mantener una práctica instrumental regular.
La investigación destaca que el compromiso con la música debe entenderse como un fenómeno dinámico, resultado de la interacción entre predisposición genética y oportunidades ambientales. Algunos individuos mantienen una relación activa con la música durante décadas, mientras que otros orientan su interés hacia diferentes actividades.
Además, el estudio subraya los beneficios asociados a la participación musical en la infancia y la adolescencia, como mejoras en el desarrollo cognitivo, lingüístico y en la salud mental. No obstante, advierte que estos beneficios dependen del acceso a la educación musical y del apoyo familiar y social.
Los autores concluyen que fomentar la educación musical desde edades tempranas puede tener efectos positivos a largo plazo, aunque las trayectorias musicales varían ampliamente entre las personas. Comprender cómo evoluciona el interés por la música a lo largo de la vida permite diseñar estrategias educativas y culturales más inclusivas, que reconozcan la diversidad de experiencias y el impacto conjunto de los genes y el entorno.



