A lo largo de los últimos años, gran parte del debate sobre inteligencia artificial y música ha girado alrededor de las demandas por el uso de obras protegidas para entrenar modelos generativos. Ahora empieza a surgir otra pregunta, si una IA utiliza el trabajo de un compositor para generar nueva música, ¿cómo se puede demostrar y quién debe recibir el reconocimiento por esa contribución?
Con esa idea en mente, la organización canadiense SOCAN anunció una alianza con la empresa Musical AI para desarrollar herramientas que permitan identificar cuándo una composición o una grabación ha influido en el resultado generado por un sistema de inteligencia artificial. El propósito es que esa información pueda servir como base para atribuir correctamente la autoría y, en el futuro, facilitar mecanismos de compensación para compositores, autores y editores musicales.
El proyecto parte de dos principios que cada vez ganan más fuerza dentro del sector. El primero es que ningún creador debería ver su obra utilizada por sistemas de IA sin haber dado su consentimiento. El segundo, que cuando ese uso exista, el aporte creativo debe quedar registrado para que pueda ser reconocido y remunerado.
Para lograrlo, Musical AI aportará una tecnología capaz de analizar los resultados generados por inteligencia artificial e identificar la influencia de composiciones y grabaciones preexistentes. Esa información podría convertirse en una herramienta útil para respaldar futuros procesos de licenciamiento, distribución de regalías y transparencia en el uso de catálogos musicales.
La iniciativa también marca un cambio en el debate que ha dominado a la industria durante los últimos meses. Mientras muchas compañías han concentrado sus esfuerzos en acudir a los tribunales para frenar el uso no autorizado de su repertorio, esta alianza explora cómo construir un sistema que permita gestionar ese uso cuando exista autorización expresa por parte de los titulares de derechos.
Aunque el proyecto apenas comienza y todavía no implica un modelo definitivo de pagos, representa uno de los primeros intentos de una sociedad de gestión colectiva por trabajar junto a una empresa especializada en atribución para inteligencia artificial. Si esa infraestructura demuestra ser efectiva, podría convertirse en una referencia para otras organizaciones encargadas de administrar derechos de autor en distintos mercados.
El tema sobre la inteligencia artificial ya no gira únicamente alrededor de impedir que las máquinas aprendan de la música. El nuevo reto será garantizar que, cuando ese aprendizaje ocurra con autorización, los creadores puedan saber cómo se utilizó su trabajo y reciban el crédito y la remuneración que les corresponde.



