Rescate de una obra clave del rock progresivo argentino, grabada en 1977, que marcó el cierre de una etapa para la banda de Adrián Bar antes de su giro estético y su cambio de nombre a Orions.
La reciente muerte de Adrián Bar, guitarrista y compositor al frente de Orion’s Beethoven, reavivó el interés por una de las bandas más singulares y visionarias del rock argentino de los años setenta. Para recordar su legado, vale volver sobre Tercer milenio (1977), el segundo y último álbum del grupo bajo su nombre original, una obra de transición que condensó ambición artística, cambios internos y colaboraciones históricas.
Formada a fines de 1968, Orion’s Beethoven estuvo integrada inicialmente por Adrián Bar en guitarra, su hermano Ronan Bar en bajo y José Luis González en batería. Tras debutar en 1969 en el histórico festival Pinap, donde fueron consagrados como banda revelación, el trío se convirtió en una referencia temprana del rock progresivo argentino. Sin embargo, el camino discográfico fue lento: recién en 1973 lograron editar su primer LP, Superángel, y poco después la salida de González dejó al grupo en suspenso durante varios años.
Ese paréntesis creativo se extendió hasta 1977, un lapso inusualmente largo para una época en la que las bandas editaban discos con ritmo anual. “Estábamos llegando a un límite muy feo”, explicó Adrián Bar en una entrevista de entonces con la revista Pelo. Las composiciones se volvían forzadas y el desgaste era evidente. La solución no fue cambiar integrantes, sino detenerse, tomar distancia y volver con una nueva formación, incorporando al cantante Petty Guelache como voz principal.
El regreso se materializó con Tercer milenio, un álbum que marcó un viraje sonoro: más pesado, con influencias de blues y hard rock, pero sin abandonar la elaboración conceptual característica del grupo. El disco contó además con invitados de peso. Charly García participó tocando el Mellotron en “Ella y los colores”, poco después de editar el debut de La Máquina de Hacer Pájaros, mientras que Valeria Lynch, en los comienzos de su carrera solista, aportó coros en “Amistades desparejas” y “Canción del lobo”.
En una entrevista con la revista Roll, también en 1977, Adrián Bar explicó el cambio estético con una claridad que hoy resulta reveladora: “No decidimos hacer música más pesada porque estuviera de moda. Nos pusimos a tocar y salió esto. Suena estrictamente como Orion’s Beethoven: música fuerte pero elaborada”. Lejos de rechazar influencias, Bar defendía una idea universal del rock, desligada de la noción de penetración cultural y abierta a una identidad argentina propia.
Musicalmente, Tercer milenio recorre un amplio espectro. Desde el rock directo y áspero de “Amistades desparejas”, que podría convivir sin problemas con el catálogo de Pappo’s Blues, hasta la sensibilidad cercana a Sui Generis de “Ella y los colores”, pasando por la ambición futurista y grandilocuente de “Niño del Tercer Milenio”, el tema que da nombre al álbum y sintetiza su espíritu conceptual.
Sobre esa canción, Adrián Bar desplegó una mirada inquietante y profética: un futuro post año 2000 marcado por mutaciones humanas, guerras, hambre, radiación y una sociedad mecanizada. Un mundo sin romanticismo, donde la humanidad, tras una guerra nuclear, se ve obligada a crear nuevos mitos y nuevos dioses. Ideas que, décadas después, siguen resonando con fuerza.
Tras la edición de Tercer milenio, la banda cambió de nombre a Orions y se orientó hacia un rock más clásico, cerrando definitivamente su etapa progresiva. Hoy, el disco queda como testimonio final de una era, una obra bisagra que captura la visión artística de Adrián Bar y su aporte a una escena que se animó a pensar el futuro cuando el rock argentino todavía estaba inventándose a sí mismo.



