Durante años, las ventas del bar han sido una parte fundamental de la economía de muchos espacios de música en vivo. Una investigación publicada esta semana vuelve a traer el tema a la luz, los cambios en los hábitos de consumo de las audiencias, especialmente entre los públicos más jóvenes, están obligando a los venues a revisar un modelo que durante mucho tiempo dependió de que una buena noche de concierto también significara una buena noche de ventas en bebidas.
De acuerdo con el análisis publicado por Hypebot, las ventas de bebidas han representado históricamente cerca del 60 % de los ingresos de algunos espacios musicales. Cuando esa fuente comienza a reducirse, el impacto no se queda en la barra, puede afectar directamente la capacidad de un venue para cubrir sus costos y mantener una programación constante.
El cambio en el consumo de alcohol no es completamente nuevo. Datos citados anteriormente por Billboard y otros medios ya habían mostrado una menor frecuencia de consumo entre los adultos jóvenes, una tendencia que también se ha reflejado en algunos conciertos dirigidos a audiencias más jóvenes.
Lo interesante ahora es lo que esto significa para la estructura económica de un concierto. La entrada puede ser el principal ingreso visible para el público, pero detrás de ella existe una operación mucho más amplia: alquiler del espacio, personal, seguridad, producción técnica, artistas, servicios, impuestos y otros gastos que deben cubrirse antes de que un evento pueda resultar rentable.
Por eso, para los venues pequeños y medianos, reducir la dependencia de las bebidas puede ser especialmente complicado. A diferencia de una arena o un gran festival, estos espacios suelen tener menos alternativas para generar ingresos adicionales y cuentan con márgenes más estrechos. La pérdida de una fuente importante de consumo puede terminar afectando incluso la posibilidad de mantener determinados shows dentro de su calendario.
La respuesta no necesariamente está en intentar que el público vuelva a consumir como antes. Algunos espacios ya están explorando otras posibilidades: bebidas sin alcohol, comida, merch, experiencias adicionales y acuerdos comerciales que permitan aumentar el gasto por asistente sin depender exclusivamente de las ventas de cerveza, vino o licores.
También cambia la manera de pensar la experiencia. Si una persona compra una entrada para ver a un artista, el venue tiene varias oportunidades para generar valor alrededor de esa visita. Una oferta gastronómica más atractiva, productos exclusivos, espacios de descanso, experiencias VIP o propuestas vinculadas con marcas pueden convertirse en complementos del concierto y no simplemente en servicios adicionales.
El desafío está en encontrar alternativas que tengan sentido para cada público. No todos los asistentes buscan lo mismo y una estrategia que funciona para un festival puede no tener el mismo resultado en un club pequeño. El conocimiento de la audiencia empieza a ser tan importante como la capacidad del recinto o la cantidad de entradas que puede vender.
Hay señales de que ese cambio ya está ocurriendo. Un panel de la industria australiana publicado este año, por ejemplo, compartió datos de un venue en el que las bebidas sin alcohol llegaron a venderse tres veces más que las alcohólicas durante algunos eventos dirigidos a públicos jóvenes.
Para los promotores, esto también puede modificar la manera de calcular el potencial de una fecha. La cantidad de entradas vendidas continúa siendo fundamental, pero conocer cuánto gasta cada asistente dentro del recinto y en qué productos está dispuesto a hacerlo puede resultar igual de importante al momento de evaluar la rentabilidad de un espectáculo.
El cambio también pone presión sobre un modelo que ya enfrenta otros problemas. Los costos de operación, producción y personal han aumentado en distintos mercados, mientras algunos espacios independientes han tenido dificultades para mantenerse rentables. Un estudio nacional de la National Independent Venue Association encontró que los venues, festivales y promotores independientes de Estados Unidos generaron US$86.200 millones de contribución al PIB en 2024, pero también mostró los desafíos económicos que enfrenta buena parte del sector.
La música en vivo sigue teniendo público. Lo que está cambiando es la forma en que ese público consume la experiencia y, con ella, una parte de la economía que sostiene los escenarios. Para los espacios que quieran mantenerse activos, encontrar nuevas fuentes de ingresos no será simplemente una estrategia comercial, también puede convertirse en una condición para seguir programando música.
Para los venues, conocer mejor a sus audiencias puede abrir nuevas oportunidades de negocio. La música seguirá siendo el centro, pero alrededor de ella tendrán que aparecer otras fuentes de ingresos capaces de sostener los espacios donde ocurre.
[Fuente]
https://www.hypebot.com/



