Una investigación publicada en Scientific Reports analizó cerca de 20.000 piezas musicales de los últimos 100 años y encontró que la música clásica, el jazz, el pop y otros géneros han tendido a converger hacia estructuras más sencillas y homogéneas.
Un grupo de investigadores italianos de las universidades de Tuscia, Sapienza de Roma y Padua estudió cómo ha evolucionado la complejidad melódica y armónica en la música occidental, con el objetivo de medir si la era digital y el consumo impulsado por plataformas de streaming han influido en una simplificación del lenguaje musical. El trabajo se apoyó en el MetaMIDI Dataset, una base pública con más de 400.000 archivos MIDI, de la que seleccionaron unas 20.000 composiciones con información suficiente sobre título, artista y género.
Para realizar el análisis, cada obra fue convertida en una red de nodos y enlaces que representaban notas y transiciones entre ellas, lo que permitió calcular indicadores como densidad, reciprocidad y entropía. Esa metodología hizo posible comparar seis géneros principales: clásica, jazz, rock, pop, electrónica e hip hop, y observar cómo cambiaron sus estructuras a lo largo de las décadas.
El hallazgo central fue que los géneros tradicionalmente más complejos, como la música clásica y el jazz, han perdido parte de su diversidad estructural con el paso del tiempo. Según el estudio, la música clásica muestra una tendencia descendente sostenida, mientras que el jazz primero aumentó su complejidad, luego cayó y finalmente se estabilizó. En paralelo, las distancias entre géneros se fueron reduciendo, hasta el punto de que ambos terminaron acercándose a los niveles de complejidad de estilos populares contemporáneos.
Los investigadores plantean que este fenómeno podría estar relacionado con la transformación del ecosistema musical en la era digital, donde los algoritmos, la inmediatez del consumo y la democratización de la producción habrían favorecido composiciones más directas y homogéneas. No obstante, también advierten que su análisis se concentró en la estructura de las notas, por lo que no incluye dimensiones como timbre, producción, letras o contexto cultural, elementos que también influyen en la riqueza de una canción.
El estudio además utilizó modelos nulos, técnicas de inteligencia artificial para estimar fechas de composición y herramientas de visualización como UMAP para seguir la evolución de la diversidad musical. Al comparar piezas previas a 1950 con obras recientes, los autores observaron que la música del pasado presentaba mayor complejidad general, mientras que la actual refleja un proceso de simplificación y convergencia entre estilos.
Aun con sus limitaciones, la investigación abre una discusión más amplia sobre el lugar de la creatividad en tiempos de plataformas digitales y sobre si la riqueza musical ha desaparecido o simplemente se ha desplazado hacia otros planos menos visibles para los datos MIDI. En palabras de los autores, el hallazgo no cierra el debate, sino que invita a cruzar musicología, ciencia de datos y sociología para entender cómo cambian la creación y la escucha en la cultura contemporánea.



