Hasta hace poco, las discusiones sobre inteligencia artificial y música ocurrían principalmente entre empresas tecnológicas y compañías discográficas. Hoy, el escenario empezó a cambiar. Los gobiernos también comenzaron a tomar decisiones que podrían definir cómo se protegerán las canciones, quién podrá utilizarlas para entrenar sistemas de IA y qué derechos conservarán los creadores en los próximos años.
Australia es el ejemplo más reciente. Allí, artistas, compositores, productores, editoriales, asociaciones de la industria y entidades de gestión se unieron para pedir al Gobierno que mantenga intactas las actuales normas de copyright frente a la presión de compañías tecnológicas que buscan flexibilizar el uso de contenidos protegidos para el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial.
La preocupación del sector no gira alrededor de la existencia de la inteligencia artificial. De hecho, muchas organizaciones reconocen su potencial para impulsar nuevos procesos creativos y mejorar diferentes etapas de la producción musical. El punto de discusión es otro, se trata de quién autoriza el uso de las obras, bajo qué condiciones y cómo deben compensarse los creadores cuando su trabajo sirve para entrenar estos sistemas.
Uno de los aspectos que más ha llamado la atención es la amplitud de la alianza que respalda esta petición. A la iniciativa se sumaron organizaciones como ARIA, APRA AMCOS, AIR, la Australian Music Publishers Association y representantes de distintos sectores culturales, reflejando una postura conjunta frente a un asunto que consideran decisivo para el futuro de la propiedad intelectual.
Lo que está ocurriendo en Australia no es un caso aislado. En Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea también avanzan discusiones sobre el uso de obras protegidas para entrenar modelos de inteligencia artificial. Aunque cada país analiza caminos diferentes, todos enfrentan la misma pregunta, ¿cómo impulsar la innovación sin debilitar los derechos de quienes crean la música?
Más allá del resultado que tenga esta iniciativa, el debate evidencia que la inteligencia artificial ya dejó de ser un asunto exclusivo de empresas tecnológicas y compañías musicales. Ahora también forma parte de la agenda de los gobiernos, que tendrán la responsabilidad de definir las reglas bajo las cuales funcionará esta tecnología en los próximos años.
Lo que ocurra en este tipo de debates podría tener repercusiones mucho más allá de un solo país. Las decisiones que adopten los gobiernos servirán como referencia para futuras regulaciones, también influirán en la negociación de licencias entre empresas tecnológicas y titulares de derechos, e incluso podrían cambiar la manera en que las compañías desarrollan y entrenan sus modelos de inteligencia artificial.
La próxima gran transformación de la música quizá no nazca de una plataforma de streaming ni de una nueva herramienta de inteligencia artificial. También podría empezar en los congresos y parlamentos donde hoy se escriben las reglas que definirán cómo convivirán la tecnología y la creatividad durante la próxima década.
[Fuente]
https://www.theguardian.com



